sábado, 31 de enero de 2015


Cuenta la historia, que Franz Kafka, se encontró con una niña en el parque al que iba a caminar todos los días. Ella estaba llorando, había perdido a su muñeca y estaba desolada. 

Kafka se ofreció a ayudar a buscar a la muñeca y se dispuso a reunirse con ella al día siguiente en el mismo lugar. 
Incapaz de encontrar a la muñeca compuso una carta “escrita” por la muñeca y se la leyó cuando se reencontraron:
- “Por favor no me llores, he salido de viaje para ver el mundo. Te voy a escribir sobre mis aventuras…”- Este fue el comienzo de muchas cartas.
Cuando él y la niña se reunían, él le leía estas cartas cuidadosamente compuestas de aventuras imaginarias sobre la querida muñeca. La niña fue consolada. Cuando las reuniones llegaron a su fin, Kafka le regaló una muñeca. Ella obviamente se veía diferente de la muñeca original. Una carta adjunta explicó:
-“mis viajes me han cambiado…” -
 Muchos años más tarde, la chica ahora crecida, encontró una carta metida en una grieta desapercibida dentro de la muñeca. En resumen, decía: -“Cada cosa que amas, es muy probable que la pierdas, pero al final, el amor volverá de una forma diferente”-.
May Benatar.

lunes, 17 de noviembre de 2014


Luisa se levantó con el primer llanto del bebé. Eran cuarto para las seis de la mañana y la noche no había sido una de las mejores: el calor sofocante, el zumbido de los zancudos y la llamada telefónica a las dos de la madrugada para Alejandro, su esposo. 
Tras contestar, tuvo que salir de inmediato sin dar muchas explicaciones, al parecer se presentó un problema en el fundo agrícola donde él trabajaba. El sólo hecho de imaginarse que tenía que empezar el día sin él, para que le ayude con las labores, la había puesto de mal humor. Hacía un par de semanas que Jacinta, la empleada, se había marchado a su pueblo y desde aquél entonces, Luisa y Alejandro se las habían tenido que arreglar con las cosas del hogar, el trabajo y el bebé. 

Afortunadamente, la mañana transcurrió sin mayor novedad. Al medio día, mientras preparaba el almuerzo, encendió el televisor para ver algo de programación adulta. Las novelas se habían convertido en su pasatiempo favorito, pero por las tardes, no desdeñaba los programas de entretenimiento en vivo. El bebé comenzó a llorar y Alejandro aún no regresaba.

Por fin, se hicieron las seis y media de la tarde y su pequeño acababa de tomar el último biberón. Lo acostó en su cuna y le dejó la luz de la lámpara encendida. «misión cumplida», se dijo a sí misma. Se preparó una limonada y encendió nuevamente el televisor, era hora de la novela cómica. Entre risas y comerciales, apenas pensó en Alejandro. Horas más tarde, mientras conversaba amenamente por teléfono con una amiga, logró escuchar el traqueteo de la llave abriendo la puerta principal. Se despidió. Eran las diez. Alejandro había regresado. 
Ella se hizo como la desentendida de su presencia, hasta que le lanzó una mirada desdeñosa.

- Hola, amor. –saludó apesadumbrado.
- Hola. –respondió a secas.
- Tenemos un serio problema con las abejas. –suspiró–. Es muy serio lo que está ocurriendo, por eso no he podido venir antes y…
- No has estado aquí para ayudarme. –le reprochó–. Encima, el bebé no paraba de llorar… casi lo llevo al doctor porque no ha querido dormirse. Menos mal que aún quedaba un poco de fórmula para darle, porque como sabrás ya no hay para otro biberón, y se ha quedado dormido. 
- Luisa. –dijo como sintiendo el peso del mundo–. Todas las abejas del fundo se han muerto y lo mismo está ocurriendo en los otros fundos.
- ¡Y tu hijo necesita fórmula antes de la medianoche!

En ese momento, en el noticiero entrevistaban a un científico:
... Las abejas conforman junto a las hormigas estructuras sociales muy similares a las del ser humano. La diferencia radica en que si la población total de abejas desapareciera, ocurriría un fenómeno tan dramático como el del meteorito que acabó con los dinosaurios. En cambio, si la especie humana se extinguiera, en términos ecológicos, no ocurriría nada.

viernes, 14 de noviembre de 2014


Era tan sólo una mujer con un espejo grande y ovalado. Llevaba encima algo menos de veinticinco, su tez era blanca, sus labios rojos, sus cabellos negros y a pesar de ser grácil como una rosa, su mirada irradiaba cansancio y agobio.
La habitación, iluminada a media luz, tenía aspecto de alcoba de princesa de cuentos. El mobiliario era anticuado pero lujoso correspondiente al mundo de los Grimm. Sólo algunos aparatos eléctricos lucían como surrealistas atisbos de modernidad y ella, en medio de todo, se encontraba sentada sobre un cómodo shailon, peinando sus cabellos. Nada extraño, entonces. Hasta que el reflejo descubrió una arruga en la comisura de sus labios. La mirada se le ensombreció.

-    No, por favor. -soltó con un hilo de voz, al ver su rostro envejecerse

Entonces, una ráfaga de aire helado ingresó por la ventana agitando con fuerza las cortinas, mientras ecos de voces femeninas resonaban por doquier. Aterrada, intentó escapar, pero un destello luminoso proveniente del espejo la cegó momentáneamente.
Al recuperar la visión, notó que un interminable y omnipresente blanco la rodeaba. Innumerables espejos rectangulares aparecían y desaparecían flotando en el aire, reflejando su imagen con la mirada llena de odio.

Tan blanca como la nieve, tan roja como la sangre… -canturreaba el espejo.

Macabras carcajadas se sumaron a los reflejos y al canturreo. Se sumió en una oscura vorágine de desesperación, gritos y llantos, corriendo hacia ningún lado. Hasta que, delante de ella, apareció una puerta negra tan alta que no podía ver donde alcanzaba. Hubo un chirrido y ésta se abrió lentamente.

-    Ya no más. -suplicó
-    ¡Entra! -ordenó la voz.

Con las lágrimas recorriéndole sus temblorosas mejillas, ingresó a una habitación que reconoció de inmediato. Hace mucho tiempo vivió ahí, junto a su amado esposo, el rey. Todo estaba como en aquél entonces pero en tinieblas. Un haz plateado de luz, desde la ventana, alumbraba a una mujer de semblante siniestro. Siete sombras como de niños la rodeaban.

-    Yo estuve allí, comí y bebí. El hidromiel entró en los pescuezos, mientras tus pies se quemaban con los zuecos. -recitaba la voz del espejo.
-    ¡Déjame ir!
-    Nunca te dejaré ir. -respondió aquella mujer-. Me arrebataste todo.
-    ¡Perdóname! -exclamó-. Yo no quise…
-    ¡Eres una chiquita mentirosa! -acusó-. Disfrutaste al verme morir ¡Siempre quisiste ser la más hermosa!
-    Espejito, espejito… -dijo el espejo.

Dicho esto, la mujer y las siete sombras se le arrojaron encima, atormentándola durante toda la noche, en medio de sus gritos y llantos lastimeros.
Un impertinente rayo de sol se depositó en su rostro despertándola casi de golpe, pero se quedó tendida en la cama. Al cabo de un rato encendió la tele para ver las noticias o cualquier cosa que le ayudara a desperezarse. Suspiró. Se enjugó un par de lágrimas, mientras un inquietante susurro proveniente del espejo, recitaba:

Tan blanca como la nieve, tan roja como la sangre y tan negra como la madera de este marco, Blancanieves.

domingo, 9 de noviembre de 2014



Las esquirlas de los vidrios, tanto de las mamparas como las ventanas, yacían dispersos sobre todo el suelo. La cristalería completa también había corrido la misma suerte. Las sillas del comedor habían sido lanzadas hacia la terraza, en tanto que los platos no sobrevivieron los impactos contra la pared.
Las rosas en el jarrón, afortunadamente, aún estaban en su lugar y conservaban su frescura. Eran diez grandes y orgullosas flores que adornaban la mesa de la sala y que en aquella mañana le dibujaron una sonrisa en el rostro. Una sonrisa auténtica.

Lo mejor de todo -pensaba al ver las fotos retrato en el piso-, es que ya no tendré que volver a ver esas falsas expresiones.

Siempre creyó que esas poses y sonrisas denotaban genuina felicidad, pero al pasar los años, ya no sabía decir si la cámara los había obligado a sonreír o si fueron ecos de sentimientos que en el camino se estropearon.
Como fuera, la mañana era una delicia con la ausencia de su empalagosa voz que le sugería que todo lo que hacía, lo hacía siempre mal. Luego el contraataque con los problemas de dinero, que quiere espacio, que está al borde y no puede ser feliz. Qué idiota, como si la felicidad fuera una especie de enfermedad que se transmite por contagio. Un portazo siempre marcaba el final de la discusión.
Así era, desde hace diez años, su  sonrisa se le fue deteriorando y sus sueños se diluyeron entre las discusiones de rutina.
Ella había encarnado el papel de esposa tal como lo aprendió desde pequeña, en el seno de una familia conservadora, y él se había aferrado a la idea rebelde de pareja del siglo veintiuno, light y sin problemas. Hasta que se quitaron la careta y discutir se había vuelto la rutina de todos los días.
Después de un rato de estar sentada frente al jarrón con las diez rosas, se levantó y de una patada tiró todo abajo. Tomó su teléfono y marcó el número de él.

-¿Vas a venir? -le preguntó-. Bien. Cuando regreses tráeme margaritas. Espero que te haya quedado claro que no me gustan las rosas.

Al colgar, esbozó una sonrisa de auténtica felicidad.

miércoles, 5 de noviembre de 2014



La hija de la Luna volaba sobre el bosque bañado de luz de plata. Las luciérnagas brillaban a su paso y transformaban el ambiente en un mar de constelaciones cósmicas. Ella junto las hadas, cantaban al son del violín de los grillos. Las plantas reverdecían, la flora se renovaba, todo se cubría de rocío y la paz bailaba serena.
El leñador inconforme, quien día a día, tumbaba árboles más de lo necesario, buscaba ganar dinero para adquirir cosas que no necesitaba. Siempre instaba a los demás seguir su ejemplo. Sin embargo, los demás leñadores no le escuchaban. A pesar de sus carencias, ellos talaban sólo lo necesario, ya que el bosque proveía de plantas y frutas. Por ello, la hija de la Luna, al ver que pasaban por duras penas para cumplir sus sueños, plantó un árbol con hojas de oro.
Los hombres se pusieron muy contentos, ya no había necesidad de regresar al bosque, las hojas del maravilloso árbol eran más que suficientes para satisfacer las necesidades de todos. Pero apareció el leñador inconforme y envenenó sus corazones. «Nos merecemos más» decía, instándolos a tomar del árbol más hojas de las que debían. Esta vez, le hicieron caso y dejaron las ramas totalmente desnudas.
Al creer que su interior estaba hecho de oro, un día, mataron al árbol y como no encontraron otra cosa que no fuera madera, decidieron regresar al bosque, pero esta vez a talar indiscriminadamente, ya que sus nuevas vidas se lo exigían. 
Después de unos meses y poco a poco, el camino hacia el bosque, se convirtió en un sendero donde las plantas y el trinar de las aves se encontraron ausentes. El cielo tenía un color naranja muy inquietante. Los leñadores empezaron a preguntarse si estaban haciendo lo correcto. Pero el leñador inconforme los instó a seguir: « ¡Nos merecemos más! ».
Así pues, continuaron hasta que del bosque solo quedó una vasta extensión de tierra agrietada con muñones inertes de árboles caídos. El cielo se había vuelto rojo y la tierra enfermó. Entonces la peste asoló al pueblo. Los hombres sucumbían de hambre, sed y miseria. El leñador inconforme, quien a pesar de haber logrado una fortuna, yacía agonizante sobre su lecho. Entonces la hija de la luna se le presentó. 

-Cuando el último de ustedes muera, la tierra se vestirá de fiesta y un nuevo bosque, tan hermoso y lleno de vida como el que hubo, nacerá. La memoria de los árboles se olvidará que existieron. Los grillos tocarán violines y las hadas cantarán. La paz serena danzará sobre sus cenizas. El que se aleja de la cadena de la vida, se aleja para siempre. 
-Sálvanos -imploró-. Nos lo merecemos.
-El árbol, el bosque y todo cuanto les rodeaba fue puesto para darles felicidad. Quien quiere más de lo que tiene, merece menos de lo que pide. -suspiró-. Para vivir feliz, sólo hay que saber decir: me basta.

jueves, 6 de febrero de 2014



¿Qué les parece? Hoy me ha llegado esta cosilla aquí arriba. Me maravilla saber que alguien me tiene dentro de sus favoritos, sobretodo porque es importante este tipo de reconocimientos para poder seguir avanzando con mucho ánimo.
Debo agradecer a mis hijitos, Aria y Matías, quienes son la fuente de mi inspiración y valor. Los amo!!!
Quiero agradecer a Víctor Fernández, quien con gran entusiasmo ha emprendido una campaña a través de su blog para cambiar el paradigma. Échenle una mirada, se los recomiendo.  
Un abrazo enorme y "Déja que te siga contando"

Respondo las preguntas:
1. Porque y cuando decidiste crear un blog?
Hace unos tres años atrás más o menos, para recopilar las historias que me inspiraban los eventos de mi vida. Como una especie de anecdotario pero usando la metáfora por delante.
2. Menciona un documental que te haya gustado?

Una verdad incómoda, Al Gore.
3. 
Dime 2 películas que hayas visto basadas en hechos reales.

- Gorilas en la niebla
- Viven4. Deja aquí un mensaje que te anima siempre que lo ves.
- "El camino lo hacen los pies"
5. Crees que el cambio climático es peligroso?
- No, creo que la indiferencia lo es.
6. Que tipo expresión artística te gusta más?

- El surrealismo.
7. Te informas sobre lo que pasa en la televisión, prensa escrita o en Internet?

- No siempre, la información de los medios es sesgada y manipulada.
8. Que te gustaría que cambiase en tu ciudad,barrio o entorno social?

- La gente.
9. Como lo harías?

- En eso estoy, a través del club de ayuda en el que participo y con los mensajes que a traves de mi columna en el periódico vierto a la sociedad. 
10. Escribe tu frase favorita.

- "Apunta ir siempre a las estrellas, aunque te quedes en el cerro."
11. Dime lo que más te gusta de mi blog y lo que menos

Pues lo que me gusta es la idea de postear artículos que de una u otra forma buscan abrir los ojos y sacarnos del aletargamiento en el que andamos. Sólo cambiaría el tipo de letra.

Los Blogs elegidos por "Dejame que te cuente..." son los siguientes: 
Donde los valientes viven eternamente, de Hammer Pain 
- El Talco Negro, de Josetxu 
- La Babel de Sirenas, de Gonzalo Reyes 
- Grafema 11, de Diana Pinedo  
- Cuentos de terror y profecías, de Alejandra Sanders 
- Testarudo a veces necio, de Edgar Lamprea
- Misterios de la Tierra, de Maria Teresa Avila
- Letras de Cojedes, de Isaías Medina
- Entre versos y pinceladas, de Jimena Arbulú
- Historias de ayer y de hoy, de Susanne Semrau
- Ciudades y Rincones, de Paloma Brea




martes, 21 de enero de 2014



Autor: J. J. Nuñez Del Carmen

-          La vida es corta, Ezequías. – dijo el padre al niño. - Debes aprovecharla en estudiar para trabajar en algo rentable y salir de esta pobreza. ¡Sólo así llegarás a ser alguien!
-          ¿Ser alguien, me hará feliz papá?
-          ¿A quién le interesa eso? – dijo con desdén. – La vida sin dinero es para fracasados. Es lo único que importa.
-          Pero… - dijo el niño intimidado por el absolutismo del padre. – ¿Podré seguir pintando, entonces?
-          ¡No! – sentenció el padre. – La vida es corta y harás lo que yo te diga.
Ezequías quería llorar, quería salir gritando, pero no. Respiró hondo y caminó hacia su habitación y clavó en la pared, un clavito. Luego se pasó varias horas observando a través de la ventana a Aaran, el chico de enfrente tocar la guitarra. La gente le rodeaba y le aplaudía. Su música era una caricia para el oído. Recordó haberle visto practicar por las noches, así que decidió sacrificar sus horas de sueño para pintar en el secreto de su habitación.
Y así, día tras día, pintaba el maravilloso mundo que en su mente existía, lleno de colores y de formas que, para su vida cotidiana, eran difíciles de imaginar. Ver sus obras terminadas, le ponían un brillo en la mirada que nadie conocía. Ni siquiera su padre. Esta rutina llegó a desgastarle físicamente, decayendo en sus calificaciones, por lo que el padre comenzó a supervisarle frecuentemente.
Un día, cuando Ezequías aún estaba en la escuela, su padre entró a su habitación a revisar sus cosas. Sus sospechas rindieron fruto al descubrir una veintena de cuadros ocultos en un rincón del ropero. Lleno de furia rompió los pinceles, tiró los lápices y los óleos.  Las pinturas se las regaló a un hombre harapiento que por allí andaba. Al llegar Ezequías, le aguardaba una reprimenda feroz, un severo castigo y una tunda de la que nunca se olvidaría. ¡La vida es corta, la estás desperdiciando! – Le repetía su padre. Después de ese día, nunca más volvió a ser el mismo y nunca más volvió a pintar.
Pasaron los años y un hombre llegó a la puerta de la casa aún pobre. Vestía elegante, por lo que el padre de Ezequías corrió a atenderle personalmente.
-          Usted no me recuerda. – le dijo. – Hace algunos años me regaló unas pinturas, las cuales ofrecí al señor de estas tierras. Él, estuvo maravillado con aquél arte; dijo que nunca había visto nada igual. Me pagó muy bien pero a cambio me envió a encontrarle y decirle que quiere contar con su arte de por vida. ¡Nunca más tendrá que preocuparse por nada!
-          Disculpe… verá… - sintió un nudo en la garganta. – yo no soy quien pinta esos cuadros… mi hijo los hace.
-          ¡Entonces, dígale que su suerte es la de toda su familia! – exclamó.
El padre cayó en la cuenta que, desde que regaló las pinturas, nunca más había entrado al cuarto de su hijo, por lo que al abrir la puerta se sorprendió de encontrar las paredes llenas de incontables clavitos. Se percató que el rostro de Ezequías carecía de emoción alguna, ya no tenía el brillo de antes. Se sintió con remordimiento, tras contarle lo ocurrido, escuchar la respuesta:

-          ¡Qué absurdo, vivir de lo que a uno le gusta! ¡Que se vaya! lo único que importa es estudiar. ¿No, papá?

martes, 14 de enero de 2014

Autor: J. J. Nuñez

Como era su costumbre desde que enviudó, hacía unos treintaisiete años atrás, solía despertarse antes del amanecer para ordeñar a las vacas y trabajar las tierras. Era tan jovial y tan desenfadado que resultaba difícil creer que tuviera ochenta y seis, sobretodo porque apenas había envejecido. Aún cantaba y tocaba la guitarra como nadie y gustaba eventualmente de un buen cigarrillo cubano, además de los vinos. Siempre decía que el amor era lo que lo mantenía joven, en tanto que sus nietos decían que no moriría nunca, porque la Juventud vive enamorada de él.
Lo cierto es que para Don Juan Del Carmen, el problema de la falta de tiempo no existía, nunca iba apurado a ninguna parte, a pesar de que había mucho por hacer, y siempre bromeaba al respecto diciendo que sólo los viejos viven cansados. Tampoco padecía del stress común de la gente. Era como si efectivamente fuese a vivir eternamente.
Sin embargo, un día, a su puerta llegó una siniestra dama de rostro arrugado y pálido semblante preguntado por él con insistencia. “La María”, la criada, asustándose de aquella, le envió al desvío diciendo que había viajado y que no regresaría hasta en un par de semanas. La extraña mujer se marchó sin decir una sola palabra. Pero al cabo de dos semanas la siniestra dama, nuevamente, llamó a la puerta, ésta vez fue “El Ramón” quien salió a su encuentro. De igual forma y asustándose de aquella, dijo que había ido de viaje a otra parte y que no vendría sino hasta en seis meses. Ésta vez se marchó a regañadientes.
De esto, nadie hizo comentario alguno a don Juan, ya que aquella mujer les traía mala espina y no querían preocuparle. Pasaron los meses y una calurosa noche, Ramón salió a dar una caminata por la huerta por que no podía dormir. Al cabo de un rato, se percató que del pozo, provenía una tenue luz y sin pensárselo dos veces se acercó, pero con mucho sigilo. Lo que vio le dejó perplejo.
Bajo la luz de la luna se hallaban sentados en el borde del pozo, su amo y una muchacha muy joven que irradiaba una luz muy cálida, como si fuera un ángel. Tenía la belleza de las estrellas y sus ojos, la inmensidad del cielo. Sin embargo ambos estaban tristes.
-          ¿Cuándo te irás? – dijo él.
-          Antes del amanecer. – respondió ella muy acongojada.
-          ¿Volverás, alguna vez, para caminar de noche como en estos treinta años?
-          Cuando ella llegue, las puertas estarán cerradas para mí. – rompió en llanto.
No pudo escuchar más. Luego ambos se besaron con mucha ternura pero tristes.
A la mañana siguiente Ramón contó lo sucedido a María y cuando fueron a hablar con Don Juan, descubrieron que éste aún no se había levantado. Fueron inmediatamente a su alcoba y al abrir la puerta, ambos se quedaron de una sola pieza. La pálida dama se hallaba dentro al lado de un senil anciano.
-          ¿Dónde está nuestro amo? - dijeron
-          Tarde o temprano siempre llego para quedarme. – dijo la mujer en tono malicioso.
Fue entonces que se les abrieron los ojos y cayeron en la cuenta de que aquél anciano no era otro que su querido, don Juan Del Carmen.

Y así, mi palabra, fue rodando como piedra en torrente. He narrado para la memoria de la buena gente.

martes, 7 de enero de 2014

Autor: J. J. Nuñez Del Carmen

Cuando ingresó a la iglesia por primera vez, era domingo por la mañana. Quedó perplejo al ver a la muchedumbre que, en contraste con el tamaño de aquél lugar, se agolpaba en torno al altar. La minoría estaba con expresión de congoja, el resto con la mirada perdida. El sacerdote dirigía la misa con el acostumbrado sermón dominical previo a la liturgia de la eucaristía. Desde lo alto, un Cristo crucificado, parecía seguir sus movimientos con doliente mirada.
Un par de mendigos habían tomado por asalto la puerta principal del recinto, en tanto, unos vendedores ambulantes de comida iban dejando listas unas butifarras para vender a la salida.
Un perro ingresó a la iglesia y a nadie le importó, o al menos es lo que parecía ya que por ahí se deslizaban miradas que, como dardos de lava, se clavaban en aquella criatura. Él lo percibió.
-          Hijos míos. – decía el padre. – recemos y ofrezcamos nuestro diezmo para que “Dios” pueda tener una iglesia más grande y más lujosa…
Sintió náuseas. Todo estaba infectado. Nada evidenciaba el sentido inicial de la revolución de la fe gestada hace dos mil años atrás y que ahora, esta persona, tan común como los feligreses, pero enfundado en sotana y santidad se encargaba de vender la fe como si de un seguro de vida se tratase. Pero lo peor era que la muchedumbre respondía con fervor a sus predicas. El diezmo, las imágenes, las oraciones, todo le resultó a paganismo puro y no pudo continuar más. Dio media vuelta y salió de la iglesia.
Un niño de piel morena, quien lo había estado mirando desde que entró por la puerta, salió tras él, para darle alcance en el promenade. Se sorprendió al ver que otros dos niños, uno de cabellos rubios y otro de rasgos asiáticos, salieran junto a él.
Al alcanzarle, los niños al unísono dijeron.
-          Maestro.
El hombre, que promediaba los treinta y tantos, regresó la mirada y al verles les reconoció de inmediato, con una amplia sonrisa, preguntó sobre lo que deseaban. Éstos le preguntaron, porqué se marchaba del templo de oración.
-          La grandeza de Dios se encuentra donde Él la puso, no donde el hombre la impone. – les respondió.
-          Entonces ¿Qué debemos hacer? – preguntó el moreno.
-          Salir. – respondió con la misma sonrisa casi paternal. – Salir y seguir el sendero por el que transita el amor. Si aman entonces no cometerán mal, no desearán mal, ni obraran en perjuicio de los demás. La verdadera palabra se encuentra en la obra y maravíllense ante ella: El cielo, las aguas, la tierra y todas sus criaturas. No busquen donde el hombre se encierra de la creación. Busquen en su propio corazón y hallarán la verdad. Ahora vayan y disfruten del aire en el campo, del agua en los mares y la tierra bajo sus pies porque ustedes serán los reyes que los niños han de seguir.

Y así mi palabra fue andando como agua en torrente. He narrado para la memoria de la buena gente.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Autor: J. J. Nuñez Del Carmen

He llegado hasta aquí y lo único que alcanzo a ver es una interminable extensión de regordetas nubes grises bajo mis pies. No percibo el horizonte. A decir verdad no sé si lo haya. Mi corazón se acelera por la sensación de vértigo y porque he llegado a la conclusión de que solo existe un camino para mí. Y no es el de regreso.
Largo ha sido el camino, como dura la vida que me tocó por vivir. Mis padres se marcharon cuando éramos pequeños y solo pudieron volver por las noches, en nuestros sueños. ¡Cómo los extrañamos! Pero el camino aguardaba y si no quería morir, debía sobreponerme al dolor y mantenerme en movimiento. Sin embargo, no pude hallar la forma de convencer a mis hermanos de que las cosas cambiarían. La desesperanza en complicidad con la tristeza, llenó de oscuridad sus corazones y al poco tiempo ambos se arrojaron al vacío. Ni una sola lágrima me devolvió sus voces, sus sonrisas y sus abrazos.
Decidí dejar el hogar donde nací, allí solo quedaban fantasmas y dolor. Decidí respirar nuevos aires y llenarme con los frescos olores de cada mañana. Decidí ser humilde conmigo mismo y alimentarme de cosas que a cualquiera le provocarían náuseas. Pero, decidí por sobre todas las cosas aferrarme a la vida, abrazarla y no dejar de sentirme agradecido por el agua, la brisa, el sol, las estrellas.
Ahora, todas las decisiones que tomé y los pasos que di, me han traído de vuelta a este lugar. Irónicamente, al abismo. Pero está bien, todo está bien. No tengo penas ni culpas. No tengo resentimientos ni reproches. He vivido más de lo esperado y con mucha más intensidad que cualquiera. No, no tengo ningún sentimiento negativo. Por fin, estoy liberado. Si he de saltar, es porque así debe ser. Todos los ciclos se cumplen. Estoy listo.
Salté.
El sol se puso frente a mí, su cálida y rojiza luz, bañaba mi rostro en esa breve eternidad que duré suspendido en el aire. Entonces comencé a caer muy rápidamente. Sentí la brisa golpear mi rostro. Estiré mis brazos y no fue sino hasta ese momento que pude contemplar las magnificas plumas que me habían crecido.
En ese instante, mamá y papá aparecieron y cada uno me sostuvo de un ala.
-       ¡Bate las alas hijo! – me dijo mi padre. - ¡Bátelas con fuerza!
Luego llegaron mis hermanos, ya adultos, y se encargaron de limpiar mis plumas. Seguí su ejemplo, aguanté el aire entre mis alas, usé mi cola como timón, aproveché las ráfagas de aire.
Pero antes de estrellarme contra las rocas pude ver como mi madre, mi padre y mis hermanos se disolvían en pequeñas luces azules.
-       Hemos guardado el último halo de nuestros espíritus para verte vencer la última barrera que quedaba entre tú y tu destino. ¡Ahora vuela muy alto y conquista la eternidad!
Levanté mi rostro con lágrimas en los ojos y fue así como empecé a volar.


Son mis deseos para cada uno de ustedes en este 2014 que yace delante de nosotros. Buenos vientos.

martes, 17 de diciembre de 2013

Por: J. J. Nuñez Del Carmen


El cielo en el horizonte, era una explosión de colores fueguinos, apenas ensuciado con unos cuantos cirros y sobrevolado por numerosas gaviotas. Sus pies descalzos sobre las blancas arenas, se encrispaban al contacto con las frías pero reconfortantes aguas de mar. El vaivén constante de las olas horadaba sublimemente sus oídos y el olor a agua marina impregnaba todos sus sentidos bañándolos de libertad.
Recordó aquella historia que decía que si cerraba los ojos y se concentraba lo suficiente, era posible escuchar al sol enfriarse mientras se sumergía en aquellas lejanas aguas. Entonces era un niño. Un pequeño niño con el futuro urgente  y un tren cargado de sueños listo para llevarlo por la ruta de la vida.
El sol yacía aún sobre las doradas aguas del infinito. Decidió que tenía que escucharle entrar al mar.
Hacerlo, sería lo último con sentido que recordaría haber logrado en la vida.
Súbitamente, inundaron su cabeza una serie de flashes con imágenes de diversos momentos vividos. Momentos que, en su mayoría, hubiera querido borrar. Desde luego, cayó en la cuenta de que no servía de nada lamentarse: “Lo hecho, hecho está”, aunque no dejaba de preguntarse sobre “lo que hubiera ocurrido si…”
El sol empezaba a besar las aguas.
-          Es tiempo de cerrar los ojos. – pensó.
Sin embargo, ante tanta belleza, se resistió a cerrarlos. Quería mantener esa imagen en su mente, en sus sentidos y en su alma. Si la libertad pudiera retratarse, definitivamente todo cuanto le rodeaba, le contaría una historia cuyo final redundaría con esa sensación. Ahora, que todo cuanto le rodeaba, sin barrotes de por medio, le hablaba sobre la ilusión de lo material y lo real de lo intangible.
No valía la pena hablar de los veintitantos años que pagó condena por uno, dos o mil cargos. Daba igual. Las hienas humanas visten de autoridad y dictan justicia de sangre al que con palabras siembra esperanza. No, no guardaba rencor a las hienas. Él no era como ellas, él nunca hundiría la cabeza en la carroña. Él era un ave y las aves vuelan.
-          Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma. – se dijo.
En ese punto entre la luz y la oscuridad; entre la tierra y el agua; entre lo real y lo irreal, cerró los ojos y extendió sus brazos y elevó su rostro al cielo. Su mente comenzó a separarse de su cuerpo. Miles de plumas nacieron de sus brazos. Su alma maravillada tocaba la realidad de sus sueños. Entonces lo escuchó. El sublime murmullo del sol tocando las aguas infinitas. Sinfonía cósmica del uno y el todo. Se sintió volar muy alto, hacia el horizonte. 
Hacia la eternidad.

Y así, mi palabra, fue rodando como piedra en torrente. He narrado para la memoria de la buena gente.

martes, 10 de diciembre de 2013

Autor: J. J. Nuñez Del Carmen

-          ¿Qué me faltó decirle?
Se preguntó Caster, al momento que tiraba una antorcha encendida sobre el piso entablillado de su vieja cabaña. Apuró el paso y alejándose prudentemente del sitio, decidió quedarse a contemplar cómo el fuego iba consumiendo poco a poco lo que con tanto esfuerzo y dedicación le había costado hacer.
El crujir de las maderas sonaba armónicamente con el danzar de las flamas, las cuales, al cabo de un rato asomaron sus lenguas sobre el tejado de aquella cabaña, levantando efímeras chispas que pululaban como si de luciérnagas se tratasen. Esto le trajo a la memoria constelaciones de recuerdos, palabras de amor, promesas de un hogar y niños jugando por doquier.
Recordó las largas caminatas por la pradera junto a su amada Eileen; la manera en que el sol del atardecer acariciaba su sonriente mirada. Su rostro de terciopelo. Recordó el río donde se acostaban bajo la sombra de un árbol a verse retratados en las nubes, a compartir sueños y jurarse amor eterno. Recordó el día en que unieron sus vidas ante Madre Tierra pronunciando los votos secretos, esos que los que profesan amor profundo se dicen mutuamente mirándose a los ojos. Sin sarcasmos. Sin temores.
Pero los juramentos son frágiles cuando el invierno de las necesidades arremete y lo único que él tenía para dar: una pequeña extensión de tierra donde había hortalizas y frutas; unas cuantas aves de corral y la pequeña cabaña que construyó con sus propias manos; fueron insuficientes. Ella soñaba con la ciudad, por ello desdeñó todo aquello del campo… incluso lo que su marido había logrado con mucho esfuerzo.
Caía el sol y observaba al fuego desmoronar poco a poco el techo de la cabaña. El cansancio por las fricciones y los reproches terminaron por pasarles la factura. Ella se marchó para no volver. Él se quedó, triste y desanimado. “Le prometí todo” – pensó. - “Le juré un hogar.” 
-          Es una lástima. – dijo el vecino. – Era una buena casa.
Caster, salió de su mutismo y volteó a mirar a aquél hombre de semblante bonachón y espesos bigotes.
-          Pero no fue lo suficiente para Eileen. – respondió.
-          No. Te equivocas. – dijo el vecino. – La casa era justo lo que necesitaban. Eileen nunca fue para esta casa. Fueron tus esfuerzos, no sus desvelos. Fueron tus sueños, más no sus deseos. Fueron tus ilusiones y lamentablemente no fueron correspondidas. Una casa no hace un hogar. Un hogar se construye no desde las palabras, mi buen amigo, sino desde el corazón. 

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